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Gabo y Escalona, la historia de los compadres eternos

Autor: Ivan Gallo

Una de las cosas más impactantes de ir a Aracataca es ver la historia viva. No sólo los castaños sigue incólumnes, eternos como la sierra nevada. Así conocí a Miguel Ortuz, quien vive frente a la casa donde nació Gabo. Todas las tardes, para escaparse del sol, sale debajo de un almendrón a ver la vieja construcción de tablas convertida ahora en museo. Y entonces recuerda. A sus casi 100 años todavía puede ver el fantasma del niño gabo siguiendo los pasos del coronel Nicolás Márquez. Ahí, en esa casa que es la primera atracción turística de Aracataca, Miguel todavía puede ver el fantasma del niño Gabo jugando en el castaño donde alguna vez murió José Arcadio Buendía. Fueron amigos en su juventud y él fue testigo de algo increíble: la amistad entre Rafael Escalona y Gabriel García Márquez.

Rafael Escalona llegó a ser tan cercano al Nobel que aparece en su obra cumbre, Cien años de soledad, como uno de los amigos de parranda de uno de los protagonistas. Toda la amistad giró en Sucre, el pueblo donde Gabo conoció al amor de su vida, Mercedes Barcha. La primera vez que se vieron fue en 1950. García Márquez apenas se reponía de la catástrofe que significó para él y para el país los hechos ocurridos el 9 de abril de 1948 cuando una turba enfebrecida destruyó todo a su paso luego de que el líder Jorge Eliecer Gaitán recibiera tres disparos saliendo de la oficina que tenía en el edificio Agustín Nieto, en plena carrera séptima del centro bogotano. Los seguidores de Gaitán salieron dispuestos a acabar todo a su paso. Entre las cosas que quemaron estaba la pensión donde vivía el futuro creador de la Hojarasca.

Así que con lo que tenía se fue a la costa Atlántica. Recayó en Barranquilla, una ciudad donde haría época al integrar el grupo que lleva su nombre y el recuerdo de un lugar emblemático, La Cueva, en donde rompieron record bebiendo ingentes cantidades de ron. Pero se conocieron fue en un bar desaparecido hace décadas, en Café Roma. Gabo fue su más ferviente admirador. Cuando, en 1968, el mundo se rindió a su pies, el escritor dijo que Cien años de soledad “no es más que un vallenato largo” y que todo lo que sabía de contar historias se lo debía a Escalona.

Esto, por supuesto, es una de sus tantas exageraciones. La narración la aprendió de tanto leer y releer a Hemingway, a Faulkner, quien él llamaba “El viejo” y a Virginia Wolf. Pero con Escalona aprendió el arte de contar una historia economizando palabras, ser directo. Cuando se conocieron no eran famosos y Rafa acompañaba por toda la sabana a su amigo al ingrato y desgastante oficio de vender enciclopedias.

Escalona es el más grande de los juglares colombianos. Nació en Valledupar y, además de ganarle los duelos de acordeones hasta el mismísimo demonio, creó a finales de los sesenta, ayudado por Consuelo Araujo Noguera el Festival de la Leyenda Vallenata. En esa ciudad veía bajar de la sierra a los indígenas que componían sus vallenatos. De todo ese manantial bebían estos juglares. Y de ahí también bebió Rafa. Sus más bellos vallenatos tienen la exageración del realismo mágico, empezando por La casa en el aire y Martin Lagartija.

Para nosotros, como festival Macondo, honrar a estos dos magos es motivo de orgullo en nuestra segunda edición. La fiesta empieza desde ahora.